El descubrimiento de la trisomía 21
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Cuando pensamos en investigadores cuya contribución científica quedó eclipsada por la de sus colegas, enseguida vienen a la mente nombres como Rosalind Franklin, cuyas imágenes de difracción de rayos X fueron fundamentales para desvelar la estructura del ADN; Lise Meitner, cuya interpretación teórica de la fisión nuclear quedó fuera del reconocimiento del Premio Nobel concedido a Otto Hahn; o Jocelyn Bell Burnell, descubridora de los púlsares, mientras el Nobel recaía en su director de tesis. Son historias que, por fortuna, cada vez ocupan más espacio en libros, documentales y aulas, y son menos frecuentes en los laboratorios. Sin embargo, existen otros tándems científicos menos conocidos en los que el reconocimiento también acabó inclinándose hacia uno solo de sus protagonistas. Uno de ellos es el formado por los médicos franceses Marthe Gautier y Jérôme Lejeune, cuya colaboración fue decisiva para identificar el origen cromosómico del síndrome de Down, aunque durante décadas la historia atribuyó el mérito casi exclusivamente a él.
La búsqueda del cromosoma perdido
La historia comienza a mediados de la década de 1950. En aquella época, el síndrome de Down, entonces conocido por un término hoy afortunadamente abandonado, era un enigma médico. Se intuía que su origen podía estar relacionado con los cromosomas, pero nadie había logrado demostrarlo. La genética humana era una disciplina prácticamente recién nacida. De hecho, hasta 1956 se creyó erróneamente que los seres humanos tenían 48 cromosomas, aunque ese mismo año se corrigió la cifra a 46, abriendo la puerta a buscar alteraciones cromosómicas asociadas a distintas enfermedades.
En ese contexto aparece Marthe Gautier. Había estudiado Medicina en París y, tras completar una estancia de investigación en la Universidad de Harvard, regresó a Francia con un conocimiento muy poco habitual para la época: las técnicas de cultivo celular. Puede parecer un detalle sin demasiada importancia, pero era precisamente la pieza que faltaba. Para saber si una enfermedad estaba relacionada con los cromosomas había que conseguir células en el momento exacto de la división, cuando estos se condensan y pueden observarse al microscopio. Solo entonces era posible fotografiarlos, ordenarlos por parejas según su tamaño y su forma y elaborar lo que hoy conocemos como un cariotipo, una especie de "foto de familia" de todos los cromosomas de una célula. Muy pocos laboratorios europeos dominaban entonces estas técnicas. Gautier se incorporó al servicio del pediatra Raymond Turpin, que desde hacía años defendía la hipótesis de que el síndrome de Down podía tener un origen cromosómico. En el laboratorio trabajaba otro joven médico llamado Jérôme Lejeune. Mientras Turpin aportaba la experiencia clínica y Lejeune desarrollaba su formación en genética, Gautier se encargó de poner en marcha un pequeño laboratorio de cultivos celulares prácticamente desde cero.Ella misma
contaría, décadas después, que el laboratorio carecía de recursos. Compró parte
del material con dinero propio, adaptó instrumental disponible y utilizó
técnicas aprendidas durante su estancia en Estados Unidos. Su trabajo era
meticuloso y repetitivo: cultivar células procedentes de pacientes, esperar
varios días, detener la división celular en el momento adecuado y preparar las
muestras para observar los cromosomas al microscopio.
Tras numerosos
intentos, las preparaciones comenzaron a funcionar. En algunas de las células
obtenidas de niños con síndrome de Down se observó un hallazgo sorprendente: en
lugar de 46 cromosomas, había 47. Hoy basta con una imagen de un cariotipo para
comprender la trascendencia del hallazgo. Diagrama del cariotipo de la trisomía 21:
En 1958, aquello suponía descubrir por primera vez que una discapacidad intelectual podía deberse a una alteración cromosómica específica. Había nacido la citogenética clínica. Hasta aquí, prácticamente todas las versiones coinciden. La controversia comienza al intentar responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién hizo realmente el descubrimiento?
Cuando el mérito toma un solo nombre
En enero de
1959 se publicó una breve comunicación en los Comptes Rendus de l'Académie
des Sciences. Los autores aparecían en este orden: Jérôme Lejeune, Marthe
Gautier y Raymond Turpin. Ya en esos momentos, el primer autor era considerado
el principal responsable del descubrimiento, mientras que el último era el jefe
del laboratorio. Durante décadas nadie cuestionó esa autoría. Los libros de
texto comenzaron a hablar del "descubrimiento de Lejeune". Los
congresos lo presentaban como el científico que había demostrado el origen
cromosómico del síndrome de Down. Su prestigio creció enormemente gracias a
aquel trabajo, obtuvo una cátedra universitaria y se convirtió en una de las
figuras más conocidas de la genética francesa.
Mientras
tanto, Marthe Gautier abandonó la investigación básica y desarrolló una
brillante carrera como cardióloga pediátrica. Apenas habló públicamente sobre
el descubrimiento durante medio siglo. Ese silencio es uno de los aspectos más
llamativos de toda la historia.
Una historia reescrita cincuenta años después
No fue hasta
2009, coincidiendo con el cincuentenario de la publicación, cuando decidió
escribir un artículo en el que explicaba su versión de los hechos. Según su
relato, había sido ella quien puso en marcha el laboratorio, obtuvo los
cultivos celulares y observó por primera vez las células con 47 cromosomas.
Como no disponía de un equipo fotográfico adecuado para obtener imágenes
publicables, las preparaciones salieron del laboratorio para ser fotografiadas.
A partir de ese momento, afirmaba, perdió el control del proceso de publicación
y terminó viendo cómo el protagonismo recaía progresivamente sobre Lejeune. Su
testimonio sorprendió a buena parte de la comunidad científica. No porque nadie
dudara de que había participado en el trabajo, su nombre figuraba en el
artículo original, sino porque cuestionaba un relato histórico aceptado durante
cincuenta años. La respuesta no tardó en llegar. La Fundación Jérôme Lejeune
rechazó esa interpretación y defendió que Lejeune había sido el auténtico
impulsor intelectual del descubrimiento. Según la documentación conservada por
la fundación, él llevaba años trabajando junto a Turpin en la hipótesis
cromosómica, identificó el cromosoma adicional y ocupó legítimamente la primera
posición entre los autores. Desde esta perspectiva, Gautier habría realizado
una aportación técnica indispensable, pero no sería la autora principal del
hallazgo.
¿Quién descubrió realmente la trisomía 21?
Y aquí es
donde la historia deja de ser una simple disputa entre dos personas para
convertirse en un caso fascinante para los historiadores de la ciencia. Porque,
cuando estos comenzaron a revisar cartas, cuadernos de laboratorio,
publicaciones y testimonios, muchos llegaron a una conclusión mucho más
matizada. Probablemente la pregunta "¿quién descubrió la trisomía
21?" está mal formulada. El descubrimiento fue el resultado de un
auténtico tándem científico. Turpin llevaba años formulando la hipótesis
clínica. Gautier aportó una tecnología que prácticamente no existía en Francia
y consiguió obtener cultivos celulares que permitieron observar los cromosomas.
Lejeune contribuyó a interpretar y comunicar el hallazgo en un laboratorio
inmerso en una carrera internacional por ser el primero en demostrar una
anomalía cromosómica humana. En otras palabras, cada uno aportó una pieza
distinta del rompecabezas. El problema es que la memoria colectiva rara vez
recuerda rompecabezas. Prefiere héroes. Y durante décadas el héroe fue Jérôme
Lejeune.
No ayuda que
la historia se desarrollara en la Francia de los años cincuenta. Gautier era
una mujer joven, una de las escasas médicas de su promoción, que comenzaba su
carrera en un sistema profundamente jerárquico. Cuestionar públicamente a un
compañero con mayor proyección o al director del laboratorio podía significar
el fin de una carrera profesional. Ella misma reconocería muchos años después
que no tenía ni la experiencia ni la autoridad necesarias para enfrentarse a
aquella situación. También conviene evitar caer en el extremo contrario. No
existe una prueba definitiva que permita afirmar que Lejeune actuó con
intención de apropiarse deliberadamente del descubrimiento. Los documentos
históricos disponibles permiten interpretaciones diferentes, y precisamente por
eso la controversia continúa viva.

Equipo de investigadores en el laboratorio de Raymond Turpin
Sin embargo,
tampoco puede ignorarse otro hecho difícil de discutir: durante medio siglo la
inmensa mayoría de los relatos históricos prácticamente borraron a Marthe
Gautier. Ese desequilibrio comenzó a corregirse lentamente tras la publicación
de su testimonio en 2009. Historiadores de la genética, periodistas científicos
y diversos investigadores revisaron la documentación original y recuperaron el
papel decisivo que desempeñó en el laboratorio. Hoy resulta cada vez más
frecuente encontrar referencias al descubrimiento como un trabajo compartido
entre Turpin, Gautier y Lejeune, aunque siga existiendo desacuerdo sobre el
peso relativo de cada contribución.
La memoria de la ciencia
Paradójicamente, la polémica se reavivó en 2014, cuando Gautier iba a recibir un reconocimiento en un congreso de genética en Burdeos. Tras diversas acciones legales promovidas por la Fundación Jérôme Lejeune relativas al contenido de su conferencia, el acto fue finalmente cancelado. Aquello provocó un intenso debate internacional sobre la autoría del descubrimiento y llevó a numerosas revistas y especialistas en historia de la ciencia a volver sobre un episodio que muchos creían cerrado. Quizá esa sea la enseñanza más interesante de toda esta historia. Con frecuencia imaginamos los descubrimientos científicos como momentos casi cinematográficos: una persona brillante observa algo que nadie había visto antes y cambia para siempre el conocimiento humano.
La realidad
suele ser mucho menos sencilla. Los descubrimientos nacen de hipótesis
compartidas, técnicas desarrolladas durante años, discusiones entre colegas,
errores, intuiciones y carreras contrarreloj por publicar antes que otros
grupos. La trisomía 21 no fue una excepción. Y, sin embargo, cuando llega el
momento de escribir los libros de historia, sentimos la tentación de reducir
todo ese proceso a un único nombre.
Quizá por eso
el caso de Marthe Gautier sigue despertando tanto interés. No porque permita
señalar con el dedo a un villano y convertir a otro protagonista en un héroe
absoluto, sino porque nos obliga a hacernos preguntas más incómodas. ¿Cómo se
reparte realmente el mérito en la ciencia? ¿Quién decide qué contribuciones son
"técnicas" y cuáles son "intelectuales"? ¿Cuántos
descubrimientos que atribuimos a una sola persona fueron, en realidad, fruto de
un trabajo colectivo?
Tal vez nunca
lleguemos a saber con absoluta certeza quién fue la primera persona que
comprendió que aquellas células contenían un cromosoma de más. Lo que sí
sabemos es que sin Marthe Gautier difícilmente habría existido un cultivo
celular capaz de demostrarlo; que sin Raymond Turpin probablemente nadie habría
perseguido durante años aquella hipótesis clínica; y que sin Jérôme Lejeune el
hallazgo quizá no habría alcanzado tan rápidamente la comunidad científica
internacional. Eso es, precisamente, un tándem.
Uno imperfecto, desigual y, con el paso del tiempo, profundamente
desequilibrado en el recuerdo. Pero un tándem al fin y al cabo. Y quizá esa sea
la mayor lección que nos deja esta historia: la ciencia avanza gracias a
personas que trabajan juntas, aunque la memoria se empeñe demasiadas veces en
recordar solo a una.
En colaboración
con #Polivulgadores @hypatiacafe en su edición de julio #PVtandem


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