Mitos en la nutrición
Creencias populares sobre nutrición y salud refutadas por la ciencia
La nutrición está rodeada de explicaciones simples para
procesos biológicos complejos. Muchas de ellas se transmiten como verdades
incuestionables porque resultan intuitivas, fáciles de recordar y coherentes
con la experiencia cotidiana. Sin embargo, que una idea “tenga sentido” no
implica que sea correcta. A lo largo del tiempo, la investigación científica ha
desmontado numerosas creencias populares sobre alimentos, digestión y
metabolismo que siguen muy presentes en el discurso social. Revisar estos mitos
no es solo una cuestión de precisión científica, sino también de educación
crítica: entender cómo se construyen estas ideas erróneas ayuda a identificar
por qué persisten y por qué conviene cuestionarlas.
Desmontando mitos nutricionales
“Hay que detoxificar o depurar el cuerpo”
Este mito nace de una metáfora muy potente: el cuerpo como
un recipiente que se ensucia con el tiempo y necesita “limpiarse”. En un
contexto de exposición a contaminantes y alimentos ultraprocesados, esta idea
resulta intuitiva y tranquilizadora, pero no refleja la fisiología real. El
organismo no acumula toxinas indefinidamente que deban eliminarse mediante
zumos, ayunos o dietas especiales. La detoxificación es un proceso continuo y
altamente regulado que transforma compuestos potencialmente tóxicos, como
fármacos, alcohol, contaminantes ambientales o productos del propio metabolismo,
en sustancias eliminables por orina, heces o aire espirado. Estos mecanismos
dependen principalmente del hígado, junto con los riñones, el intestino y los
pulmones, y funcionan sin necesidad de productos “detox”. La sensación de
“ligereza” asociada a estas dietas suele explicarse por la reducción calórica o
por la eliminación temporal de ultraprocesados, no por una depuración real del
organismo.
“El agua con limón adelgaza" y "el zumo de naranja es un remedio para el catarro”
Este mito se apoya en varias intuiciones erróneas muy
extendidas: que el metabolismo puede activarse con un gesto concreto, que lo
ácido “limpia” el organismo y que ciertos alimentos pueden actuar como
medicamentos. En el caso del agua con limón o del zumo de naranja, estas ideas
se refuerzan además por la asociación entre la vitamina C y la inmunidad. Sin
embargo, no existe evidencia de que estas bebidas aceleren la pérdida de grasa,
depuren el organismo ni curen o acorten la duración de un catarro. El ácido
cítrico no tiene efectos adelgazantes y, aunque la vitamina C es esencial para
el sistema inmune, su consumo en personas bien nutridas no ha demostrado
prevenir ni tratar infecciones respiratorias comunes. Beber agua con limón o
tomar zumo puede ser agradable, favorecer la hidratación o aportar vitamina C, pero
no tiene propiedades terapéuticas generales ni sustituye a tratamientos
médicos.
“El pan engorda”
Este mito nace de una asociación simplificada entre los
carbohidratos y el aumento de peso, reforzada durante años por mensajes
dietéticos que han señalado al pan como un alimento a evitar. Al ser un
alimento denso y muy presente en la dieta, se convierte fácilmente en un chivo
expiatorio. Sin embargo, ningún alimento engorda por sí solo: el aumento de
peso depende de un balance energético positivo mantenido a lo largo del tiempo.
La evidencia científica muestra que el pan, especialmente el integral, puede
formar parte de patrones dietéticos saludables y, en algunos contextos,
asociarse con una mejor regulación del apetito y del peso corporal gracias a su
capacidad saciante y a su contenido en fibra. El factor determinante no es el
pan en sí, sino el contexto: la cantidad, el tipo de pan, los acompañamientos y
el patrón dietético global.
“El azúcar moreno es más saludable que el blanco”
Este mito se apoya en la asociación entre el color, la
naturalidad y la salud. Sin embargo, gran parte del azúcar moreno que se vende
en supermercados es en realidad azúcar blanco refinado al que se le añade
melaza para darle color y sabor, fácilmente reconocible por sus cristales secos
y uniformes. El azúcar moreno auténtico es menos refinado, conserva parte de su
melaza natural y presenta cristales más irregulares y algo húmedos. Dentro de
esta categoría se encuentra la panela, obtenida a partir del jugo de caña
evaporado sin refinar y considerada la forma de azúcar menos procesada
disponible en el supermercado. Aunque la panela conserva pequeñas cantidades de
minerales y otros compuestos, su composición sigue siendo mayoritariamente
sacarosa y su impacto metabólico y glucémico es similar al del resto de los azúcares.
Estas diferencias no son nutricionalmente relevantes y no convierten al azúcar
moreno ni a la panela en alimentos saludables: la clave sigue siendo la
cantidad y el contexto de consumo.
“La miel es mejor que el azúcar”
La miel tiene una larga tradición cultural y medicinal, lo que
le confiere un halo de alimento saludable, y contiene pequeñas cantidades de
compuestos bioactivos, como polifenoles, flavonoides y ácidos fenólicos, así
como enzimas. Sin embargo, estas sustancias están presentes en cantidades muy
reducidas y no aportan beneficios metabólicos clínicamente relevantes en el
consumo habitual. Nutricionalmente, la miel es mayoritariamente azúcar simple, glucosa
y fructosa, con un perfil energético similar al del azúcar. A diferencia de la
fructosa de la fruta, que se encuentra en una matriz rica en fibra y
micronutrientes que modula su absorción, la fructosa de la miel está libre,
comparable a los azúcares añadidos, y su consumo elevado se asocia con
resistencia a la insulina, disfunción hepática asociada al metabolismo (MASLD)
y mayor riesgo cardiometabólico. Por ello, aunque natural y útil de forma
puntual, la miel no es una alternativa más saludable en términos metabólicos
que el azúcar cuando se consume habitualmente.
“No hay que comer ensalada o fruta por la noche”
Este mito parte de la idea de que el metabolismo se
ralentiza al anochecer y que ciertos alimentos “no se digieren bien” antes de
dormir. A ello se suman creencias populares sobre la fermentación de la fruta,
los gases de las verduras crudas o la sensación de pesadez nocturna. La
evidencia científica no respalda estas ideas: ni la fruta ni la ensalada
cambian su impacto metabólico según la hora, y la fermentación intestinal
depende más de la fibra y de la microbiota que del momento de consumo. Comer
verduras crudas puede generar gases en personas sensibles, pero esto es
tolerancia individual, no un problema metabólico. La fruta y las verduras por
la noche no engordan ni se vuelven problemáticas, y la clave está en adaptar la
ingesta a la tolerancia personal y al patrón dietético global, no en seguir
reglas de reloj. Una medida sencilla para reducir molestias es cenar con
antelación y evitar comidas muy copiosas o ricas en grasa, ya que muchos
problemas nocturnos se deben más al momento y a la cantidad de la cena que al
tipo de alimento.
“El huevo sube el colesterol”
Durante décadas se asumió que el colesterol de los alimentos
se traducía directamente en colesterol sanguíneo, por lo que los huevos fueron
señalados como un riesgo cardiovascular. Esta confusión persiste porque el
colesterol plasmático y el dietético se denominan igual, pero su regulación es
diferente: el organismo produce colesterol según sus necesidades, ajustando la
síntesis interna cuando se ingiere más en la dieta. La evidencia actual muestra
que, en población sana, consumir uno o dos huevos al día tiene un impacto
limitado sobre el colesterol total y LDL, y no eleva significativamente el
riesgo cardiovascular. Además, los huevos aportan proteínas de alta calidad,
vitaminas del grupo B, colina y antioxidantes como luteína y zeaxantina, con
beneficios nutricionales que van más allá del colesterol.
Hay matices importantes: personas con hipercolesterolemia
familiar o con ciertos trastornos metabólicos pueden experimentar aumentos de
colesterol plasmático con dietas muy ricas en colesterol, por lo que su consumo
debe individualizarse. También, el efecto del huevo depende del contexto
dietético: junto con grasas saturadas puede aumentar el colesterol LDL más que
si se incluye en una dieta equilibrada rica en grasas insaturadas, frutas,
verduras y fibra. Este mito persiste por su simplicidad, pero la biología real
es más compleja, y eliminar los huevos de la dieta de forma generalizada no es
necesario. Entender la diferencia entre el colesterol dietético y el plasmático
es clave para superar esta creencia.
“Beber agua durante las comidas engorda o estropea la digestión”
Este mito surge de una interpretación simplista de la
digestión, como si los jugos gástricos se diluyeran y perdieran eficacia. En
realidad, el sistema digestivo procesa alimentos y líquidos simultáneamente, y
la presencia de agua no interfiere con la descomposición ni con la absorción de
nutrientes. El agua no aporta calorías y no favorece el aumento de peso ni
perjudica la digestión. Al contrario, en muchas personas puede mejorar la
hidratación, facilitar la ingesta, favorecer la digestión y aumentar la
saciedad, lo que ayuda a regular el apetito. La tolerancia individual varía:
beber grandes cantidades de golpe puede generar una plenitud temporal, pero no
altera el metabolismo ni “diluye” la digestión. En general, acompañar las
comidas con agua u otras bebidas sin calorías es seguro y forma parte de un
patrón alimentario saludable.
“Es mejor comer fruta entre horas que con las comidas”
Esta creencia parte de la idea de que los alimentos “no
deben mezclarse” para evitar fermentaciones o picos glucémicos. Sin embargo, la
evidencia científica no muestra que comer fruta sola o acompañada tenga un
impacto metabólico diferente en personas sanas. En algunos casos, su consumo
junto con otros alimentos puede incluso modular la respuesta glucémica, un
efecto que puede resultar relevante en personas con diabetes, aunque para la
población general no supone un beneficio significativo. En última instancia, la
elección depende de las preferencias personales, el contexto alimentario y la
tolerancia digestiva individual.
“Los alimentos congelados son menos nutritivos que los frescos”
Se asocia el frío con pérdida de calidad, como si la
congelación destruyera los nutrientes. En realidad, la congelación adecuada
conserva muy bien el valor nutricional de los alimentos, ya que ralentiza las
reacciones químicas y la degradación enzimática. De hecho, algunos productos
congelados poco después de la recolección pueden mantener mejor ciertos
nutrientes que alimentos “frescos” almacenados durante varios días o
transportados largas distancias. La principal pérdida nutricional suele
producirse antes de la congelación, durante el procesado o el almacenamiento
prolongado. Cuando se trata de verduras y frutas sin añadidos, los alimentos
congelados son una opción nutricionalmente válida y, en muchos casos,
comparable a la del producto fresco.
“La vitamina C del zumo se pierde si no lo tomas inmediatamente”
Este mito parte de la idea de que la vitamina C es
extremadamente inestable y desaparece en cuestión de minutos tras exprimir el
zumo. En realidad, la vitamina C no se pierde de forma inmediata ni desaparece
con rapidez, sino que puede oxidarse progresivamente al entrar en contacto con
el oxígeno. Esta oxidación transforma a la vitamina C pero la forma oxidada sigue
teniendo actividad vitamínica. El proceso es gradual y depende de factores como
la luz, la temperatura y el tiempo de exposición al aire. Incluso tras varias
horas, especialmente si el zumo se conserva refrigerado, sigue aportando
vitamina C en cantidades relevantes y no pierde su valor nutricional.
Muchos mitos no nacen de la nada. Surgen de observaciones
parciales, analogías intuitivas o explicaciones simplificadas que, aunque
parecen razonables, no reflejan cómo funciona realmente el organismo. En
nutrición y salud metabólica, estas ideas erróneas siguen muy presentes,
incluso cuando la evidencia científica las ha desmentido de forma consistente.
Estos mitos persisten porque ofrecen explicaciones sencillas
a procesos biológicos complejos. Simplifican, tranquilizan y se transmiten con
facilidad. Pero la fisiología humana no funciona a base de reglas rápidas ni
gestos mágicos. Desmontar estos mitos no es un ejercicio trivial: es una forma
de alfabetización científica básica, especialmente en un ámbito tan cotidiano
como la alimentación.

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