Modelos imperfectos
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En 2012, una
estudiante de primaria llamada Clara Lazen construyó accidentalmente una
molécula que nadie había descrito antes. No estaba en un laboratorio rodeada de
matraces ni utilizando sofisticados instrumentos científicos. Lo hizo en su
aula, conectando bolas y varillas que representaban átomos y enlaces químicos.
Aquella estructura llamó la atención de su profesor y, tras ser analizada por
químicos profesionales, se comprobó que correspondía a un compuesto hipotético
viable, bautizado posteriormente como tetranitratoxicarbono. La historia
resulta interesante por muchos motivos, pero especialmente porque ilustra una
de las herramientas más importantes de la ciencia: los modelos. Las bolas y
varillas que utilizó Clara no eran átomos reales. Eran una representación
simplificada de la realidad que permitía visualizar algo invisible a nuestros
ojos.
La ciencia está
llena de modelos. Algunos son tan sencillos como aquellos utilizados en una
clase de química. Otros son tan complejos como los modelos computacionales
empleados para predecir el tiempo atmosférico, diseñar nuevos fármacos o
estudiar la evolución del clima. En biomedicina, además, utilizamos modelos
celulares, organoides, órganos en chip y animales de experimentación para
intentar comprender cómo funcionan las enfermedades y cómo podemos tratarlas.
Como
investigadora biomédica, llevo años trabajando con distintos modelos
experimentales. Y quizá una de las lecciones más importantes que he aprendido
es que ningún modelo es perfecto. De hecho, su utilidad no está en reproducir
fielmente la realidad, sino en simplificarla lo suficiente para que podamos
estudiarla, sin perder el sentido biológico. Sin embargo, en los últimos años
he observado cómo uno de esos modelos, el animal, se ha convertido en objeto de
un intenso debate social. En ocasiones, incluso de una demonización que
simplifica una cuestión mucho más compleja de lo que parece a primera vista.
La búsqueda del modelo perfecto
Desde hace
décadas, los investigadores intentamos desarrollar alternativas a la
experimentación animal. Los avances han sido enormes. Hoy disponemos de
cultivos celulares tridimensionales, organoides derivados de células madre,sistemas microfluídicos conocidos como órganos en chip y modelos
computacionales capaces de analizar cantidades ingentes de datos biológicos e
incluso de simular experimentos con modelos matemáticos. Estos sistemas han
revolucionado la investigación biomédica: permiten estudiar procesos que antes
eran inaccesibles, reducir costes, acelerar experimentos y disminuir el número
de animales utilizados en investigación. Sin embargo, todos ellos comparten una
limitación fundamental: representan únicamente una parte de la realidad.
Un cultivo
celular permite estudiar el comportamiento de un tipo celular concreto, pero
carece de la compleja interacción con otros tejidos. Un organoide (conjunto de
células de un órgano cultivadas juntas para simular el propio órgano) puede
reproducir algunas características de un órgano humano, pero no cuenta con un
sistema inmunitario completo, ni con la estructura ni con las características
del órgano. Un algoritmo puede identificar patrones ocultos en grandes bases de
datos, pero solo puede trabajar con la información que recibe.
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Pero la biología
humana es extraordinariamente compleja. Ningún órgano funciona de manera
aislada. El hígado, por ejemplo, se comunica constantemente con el intestino,
el sistema inmunitario, el tejido adiposo, el cerebro y muchos otros órganos.
Las hormonas, los nutrientes, los microorganismos intestinales y el entorno
influyen simultáneamente en su funcionamiento. Reproducir toda esa complejidad
fuera de un organismo vivo sigue siendo, al menos por ahora, una tarea
imposible. Y precisamente por eso los modelos animales continúan ocupando un
lugar importante en la investigación biomédica.
¿Por qué seguimos utilizando animales?
Existe la
percepción de que los animales son una herramienta obsoleta que podría
sustituirse en los próximos años por métodos alternativos. La realidad
científica es bastante diferente y mucho más compleja. Antes de que un
medicamento pueda administrarse a seres humanos, es necesario demostrar que
tiene una probabilidad razonable de ser seguro. Nadie aceptaría participar en
un ensayo clínico de un compuesto cuya toxicidad, distribución en el organismo
o efectos secundarios fueran completamente desconocidos. Y mucho menos se
aprobaría por una agencia reguladora de medicamentos. Los estudios preclínicos
sirven precisamente para responder a estas preguntas.
Aunque los
requisitos específicos varían según el tipo de medicamento, las agencias
reguladoras exigen estudios de seguridad y eficacia antes de autorizar ensayos
clínicos en humanos. Estos estudios suelen incluir modelos animales,
habitualmente una especie roedora y otra no roedora (que suele ser otro
mamífero). Esto no significa que todos los medicamentos se prueben en primates.
De hecho, el uso de macacos y otros primates no humanos se ha reducido
considerablemente y actualmente se reserva para situaciones muy concretas en
las que no existen alternativas científicamente válidas. La inmensa mayoría de
los estudios utilizan ratones, ratas u otras especies que permiten responder a
preguntas biológicas específicas,
A veces olvidamos
que los tratamientos que hoy consideramos rutinarios fueron posibles gracias a
décadas de investigación en modelos animales. Las vacunas, los antibióticos
modernos, los trasplantes de órganos, numerosos tratamientos contra el cáncer,
los fármacos cardiovasculares o las terapias para enfermedades crónicas se
desarrollaron mediante una combinación de estudios celulares, modelos animales
y ensayos clínicos. Ninguno de estos modelos, por sí solo, habría sido
suficiente.
Una cuestión ética legítima
Reconocer la
importancia de los modelos animales no implica ignorar los dilemas éticos
asociados a su uso. La preocupación por el bienestar animal es legítima y
necesaria. De hecho, precisamente esa preocupación ha impulsado importantes
cambios en la investigación biomédica en las últimas décadas. Existe la falsa
impresión de que los investigadores pueden utilizar animales sin apenas
supervisión. La realidad es muy distinta. Actualmente, los proyectos que
implican animales deben superar múltiples evaluaciones éticas y científicas
antes de obtener la autorización. Los investigadores están obligados a
justificar por qué el uso de animales es necesario, por qué no existen
alternativas adecuadas y cómo se minimizará cualquier posible sufrimiento. Además,
la legislación establece requisitos estrictos sobre alojamiento, cuidados
veterinarios, formación del personal y procedimientos experimentales. Ningún
investigador puede simplemente decidir utilizar animales porque le resulte más
cómodo. Tampoco cualquier investigador puede hacer los experimentos con
animales sin una formación específica adecuada, independientemente de su
formación profesional o universitaria.
Gran parte de la
investigación actual se guía por un principio conocido como las tres erres: reemplazar,
reducir y refinar. La primera es el
reemplazo: utilizar métodos alternativos siempre que sea posible. La segunda es
la reducción: emplear el menor número de animales necesario para obtener
resultados fiables. La tercera es el refinamiento: diseñar procedimientos que
minimicen el dolor, el estrés y el sufrimiento. Estos principios no son una
moda reciente. Llevan más de sesenta años formando parte de la reflexión ética
sobre la investigación animal y actualmente están integrados en la normativa
europea y en la práctica científica cotidiana. Cuando se desarrolla un nuevo
modelo celular capaz de sustituir una parte de los experimentos realizados en
animales, la comunidad científica suele recibirlo con entusiasmo, precisamente
porque cualquier alternativa válida representa un avance tanto científico como
ético.
El riesgo de las soluciones simples
Los debates
públicos suelen sentirse atraídos por respuestas sencillas. Sin embargo, la
realidad rara vez lo es. Afirmar que la experimentación animal debería
desaparecer inmediatamente puede resultar atractivo desde una perspectiva
emocional. Pero también obliga a responder una pregunta incómoda: ¿qué hacemos
mientras tanto?
Si elimináramos hoy todos los estudios en animales, ¿cómo evaluaríamos la seguridad de nuevas terapias contra el cáncer? ¿Cómo estudiaríamos enfermedades neurodegenerativas complejas? ¿Cómo analizaríamos los efectos sistémicos de un nuevo tratamiento metabólico? ¿Cómo comprobaríamos que una terapia génica no produce efectos inesperados en distintos órganos?
Por supuesto, la investigación debe seguir
avanzando hacia métodos alternativos cada vez más sofisticados. Y probablemente
llegará un momento en que muchas de las funciones actualmente desempeñadas por
los modelos animales puedan sustituirse por sistemas experimentales más
precisos. Pero confundir ese objetivo futuro con la situación actual puede
tener consecuencias importantes. La ciencia no avanza mediante deseos. Avanza
mediante evidencias.
Cuando el modelo no es la realidad
Quizá la lección más importante que nos enseñan todos los modelos científicos es que ninguno de ellos coincide completamente con la realidad que intenta representar. Un ratón no es un ser humano. Un organoide no es un órgano. Un algoritmo no es un paciente. Sin embargo, todos ellos nos permiten comprender aspectos concretos de fenómenos enormemente complejos. El error aparece cuando olvidamos sus limitaciones. Cuando asumimos que un resultado obtenido en un ratón será necesariamente idéntico en una persona. Cuando creemos que un modelo computacional puede sustituir completamente la experimentación biológica. O cuando pensamos que una tecnología emergente resolverá por sí sola todos los problemas de la investigación biomédica. La historia de la ciencia demuestra justamente lo contrario. Cada nuevo modelo aporta información valiosa, pero también genera nuevas preguntas y revela nuevas limitaciones.
Quizá resulte
paradójico, pero la ciencia progresa gracias a modelos imperfectos. Las bolas y
varillas de Clara Lazen no eran átomos reales. Los modelos moleculares
utilizados por Watson y Crick tampoco eran ADN auténtico. Los cultivos
celulares, los organoides, los algoritmos y los animales de laboratorio tampoco
reproducen completamente la complejidad de un organismo humano. Y, sin embargo,
todos ellos han contribuido a algunos de los mayores avances científicos y
médicos de nuestra historia. El objetivo de la investigación biomédica debería
seguir siendo desarrollar alternativas que reduzcan progresivamente la
necesidad de utilizar animales y mejoren la capacidad de reproducir la biología
humana. Esa dirección no admite discusión. Pero también debemos reconocer una
realidad incómoda: hoy en día todavía necesitamos modelos animales para
responder muchas preguntas que ningún otro sistema experimental puede abordar
por sí solo. Probablemente llegará un momento en que la tecnología permita
sustituirlos completamente. Ojalá sea así. Sin embargo, fingir que ese momento
ya ha llegado no acelerará el progreso científico ni mejorará la protección de
los pacientes. Porque, al fin y al cabo, los modelos científicos no son copias
exactas del mundo. Son herramientas que nos ayudan a entenderlo. Y mientras
seguimos construyendo modelos mejores, debemos ser capaces de distinguir entre
lo que nos gustaría que fuera cierto y lo que las evidencias nos muestran hoy.


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