Cuando la ciencia está verde


Nuevas terapias para enseñar al sistema inmune a luchar contra el cáncer

Este mes el tema es "verde" y me han venido a la mente cosas que estén verdes. Y aunque lo primero que se me vino a la cabeza fueron experimentos que todavía están dando sus primeros pasos, enseguida pensé en algo que me parece mucho más interesante: tecnologías que ya han demostrado que pueden funcionar, pero que todavía tienen muchísimo camino por recorrer. En oncología hay varios ejemplos perfectos. Hoy quiero hablar de tres: vacunas para prevenir algunos tipos de cáncer, vacunas terapéuticas basadas en mRNA y células CAR-T. Las tres tienen algo en común: intentan aprovechar nuestro propio sistema inmunitario para luchar contra el cáncer. Pero lo hacen de maneras diferentes y, sobre todo, en momentos diferentes. Porque quizá la gran pregunta no sea solamente cómo matar un tumor. Quizá sea también cuándo empezar a combatirlo y cómo conseguir que nuestro sistema inmunitario sepa exactamente qué tiene que atacar.

Antes de que aparezca el cáncer: ¿podemos vacunarnos contra él?

Cuando pensamos en una vacuna contra el cáncer, probablemente imaginamos algo parecido a una vacuna frente a la gripe: te la administran, desarrollas una respuesta inmunitaria y, si algún día aparece el agente infeccioso, tu sistema inmunitario está preparado. Con el cáncer la historia es más complicada. Una de las razones es que el cáncer no es una enfermedad causada por un único agente externo. Es el resultado de nuestras propias células acumulando alteraciones y adquiriendo características que les permiten crecer y escapar de los mecanismos que normalmente las mantienen bajo control. Sin embargo, hay algunos cánceres cuyo desarrollo conocemos relativamente bien. Por ejemplo, sabemos que determinadas infecciones virales pueden favorecer la aparición de cáncer. Por eso ya existen vacunas preventivas frente a virus como el virus del papiloma humano (VPH) o el virus de la hepatitis B. Pero aquí la idea es diferente.
¿Podríamos desarrollar una vacuna que prevenga directamente determinados cánceres antes de que aparezcan?
En 2026 se ha dado un paso en esa dirección con la aprobación en Reino Unido del ensayo INTERCEPT-Lynch, que estudiará una vacuna de mRNA destinada a prevenir cánceres asociados al síndrome de Lynch. Las personas con este síndrome tienen alterados determinados genes encargados de reparar errores que aparecen cuando se copia el ADN. Como consecuencia, tienen un riesgo elevado de desarrollar determinados tumores. La estrategia consiste en intentar enseñar al sistema inmunitario a reconocer determinadas señales asociadas a las primeras etapas del desarrollo tumoral. Todavía estamos muy lejos de saber si funcionará, y esto es importante. Es un ensayo clínico, no una vacuna contra el cáncer disponible para la población. Pero precisamente por eso me parece un ejemplo perfecto de algo que está verde. La idea es suficientemente sólida como para probarla en personas, pero todavía tenemos que averiguar si una respuesta inmunitaria generada mediante una vacuna puede traducirse realmente en menos cánceres. Una cosa es conseguir que el sistema inmunitario reconozca algo en el laboratorio. Otra es demostrar que esa respuesta evita que una persona desarrolle una enfermedad años después. 

Después del cáncer: enseñar al sistema inmunitario a evitar que vuelva. 

Aquí llegamos al segundo ejemplo. Y aquí aparece una palabra que puede llevarnos a confusión: vacuna. Porque cuando hablamos de vacunas de mRNA contra el cáncer no siempre estamos hablando de prevención. Una vacuna puede ser también terapéutica. En este caso, el paciente ya ha tenido un cáncer. El tumor puede haber sido extirpado mediante cirugía y, aparentemente, no quedar enfermedad detectable. El problema es que pueden permanecer células tumorales microscópicas.
Y ahí aparece una posibilidad: ¿Y si pudiéramos enseñar al sistema inmunitario a reconocer esas células antes de que vuelvan a formar un tumor? Esta es la idea detrás de algunas de las vacunas terapéuticas personalizadas de mRNA que se están estudiando actualmente. Uno de los ejemplos más avanzados es intismeran autogene, desarrollado por Moderna y Merck/MSD. La particularidad de este tratamiento es que no se trata simplemente de fabricar una vacuna de mRNA que sea igual para todos los pacientes. Primero hay que estudiar el tumor: se analiza su ADN, se identifican mutaciones y se buscan aquellas que puedan generar proteínas anómalas, los llamados neoantígenos, que permitan al sistema inmunitario distinguir mejor las células tumorales de las células sanas. Con esa información se diseña una vacuna personalizada. Dicho de una forma muy simplificada: se intenta enseñar al sistema inmunitario la cara concreta de ese tumor. En agosto de 2026, Moderna y Merck anunciaron resultados preliminares positivos del ¿Funcionará en otros tumores? ¿Funcionará igual de bien en todos los pacientes? ¿Cuánto tardaremos en fabricar una vacuna personalizada? ¿Cuánto costará? ¿Podremos identificar correctamente los neoantígenos que merece la pena atacar? ¿Y qué ocurrirá cuando el tumor cambie? ensayo clínico de fase III INTerpath-001, que evalúa intismeran junto con pembrolizumab en pacientes con melanoma en estadio IIB-IV completamente resecado. Según las compañías, el análisis alcanzó los objetivos de supervivencia libre de recaída y supervivencia libre de metástasis a distancia. Pero aquí toca frenar el entusiasmo porque los resultados se han comunicado mediante una nota de prensa y el ensayo todavía está en marcha. Los datos completos aún no se han publicado en una revista científica, por lo que todavía no tenemos toda la información necesaria para valorar en detalle la magnitud del beneficio, los diferentes subgrupos de pacientes o el impacto sobre la supervivencia global. Y esto es precisamente lo que me gusta de la ciencia: un resultado positivo no es el final de la historia. Es otra pregunta
Mientras intentamos responderlas, Moderna y Merck ya están llevando esta estrategia a otros tipos de cáncer, entre ellos el cáncer de pulmón no microcítico, el cáncer de vejiga, el carcinoma renal, el cáncer de páncreas y el cáncer gástrico. Y no están solos. BioNTech y Roche están desarrollando otra terapia individualizada de mRNA, autogene cevumeran, que se está estudiando, entre otros, en cáncer de páncreas y cáncer colorrectal. Así que quizá lo realmente interesante no sea preguntarnos si existe la vacuna contra el cáncer. Porque de momento, no existe. Lo que estamos viendo es el desarrollo de una plataforma que podría permitir fabricar diferentes tratamientos personalizados para diferentes tumores y diferentes pacientes. Y eso es bastante más interesante. 

Cuando nuestras propias células se convierten en el medicamento.

El tercer ejemplo lleva un paso más allá la idea de utilizar el sistema inmunitario: las células CAR-T. Aquí la estrategia no consiste en administrar instrucciones para que nuestras células produzcan una proteína. Consiste en modificar directamente células del sistema inmunitario. Las células T son uno de los principales soldados de nuestro sistema inmunitario. Reconocen determinadas moléculas y pueden destruir células que consideran peligrosas. El problema es que los tumores han desarrollado muchas formas de esconderse. Así que los investigadores se preguntaron algo bastante directo: ¿Y si pudiéramos darle a una célula T un receptor diseñado específicamente para reconocer el cáncer?
Eso es, simplificando mucho, una célula CAR-T. Se extraen células T del paciente, se modifican en el laboratorio para que expresen un receptor quimérico de antígeno (CAR) capaz de reconocer una determinada diana y se vuelven a administrar al paciente. El resultado es una especie de célula inmunitaria programada para buscar y destruir células que presenten esa señal. Y aquí hay una diferencia importante respecto a los dos ejemplos anteriores. Las CAR-T ya no están verdes del todo. En determinados cánceres hematológicos, especialmente algunas leucemias, linfomas y mielomas, las terapias CAR-T han demostrado que esta estrategia puede funcionar y ya existen tratamientos aprobados. Pero en cuanto salimos de esos cánceres y entramos en los tumores sólidos, la historia cambia. El tumor es un entorno mucho más complicado.
Puede no tener una diana exclusiva que permita distinguir todas las células tumorales de las sanas. Puede haber células del tumor que no expresen la molécula que estamos buscando. Las células T tienen que conseguir llegar hasta el tumor y, una vez allí, sobrevivir en un microambiente que puede ser profundamente inmunosupresor. Por eso las nuevas generaciones de CAR-T intentan resolver problemas diferentes: hacerlas más específicas, más resistentes, capaces de reconocer varias dianas, capaces de funcionar mejor dentro de tumores sólidos o incluso conseguir que sean productos preparados para administrar a diferentes pacientes. Y existe una idea todavía más verde: crear las CAR-T directamente dentro del organismo. En lugar de extraer las células T, modificarlas en un laboratorio y devolverlas al paciente, la investigación está explorando diferentes estrategias para proporcionar dentro del propio organismo las instrucciones necesarias para convertir determinadas células inmunitarias en CAR-T. Todavía estamos en las primeras etapas. Pero la dirección es fascinante. Primero aprendimos a modificar células. Después aprendimos a utilizarlas como medicamentos. Ahora intentamos descubrir si podemos fabricarlas directamente dentro del paciente. 

Tres momentos, una misma idea. 

Y aquí es donde las tres historias empiezan a tener sentido juntas. Antes del cáncer: intentamos preparar al sistema inmunitario para evitar que determinados tumores lleguen a desarrollarse. Después de extirpar el cáncer: intentamos enseñarle a reconocer las células tumorales que podrían quedar y evitar que el tumor vuelva. Cuando el cáncer ya está presente: intentamos modificar nuestras propias células inmunitarias para que puedan reconocerlo y destruirlo.
Tres estrategias diferentes. Tres momentos diferentes. Y tres tecnologías que todavía tienen preguntas importantes por responder. Porque estar verde no significa necesariamente que algo sea una mala idea. Tampoco significa que no funcione. Significa que todavía estamos aprendiendo. Aprendiendo qué pacientes pueden beneficiarse. Qué tumores son susceptibles de ser atacados. Qué efectos secundarios podemos aceptar. Cómo fabricar estos tratamientos. Cómo hacerlos accesibles. Cómo evitar que el tumor encuentre una nueva forma de escapar. La historia de la medicina está llena de ideas que parecían prometedoras y después no funcionaron. Y también de tecnologías que necesitaron décadas para convertirse en herramientas clínicas. Por eso quizá deberíamos mirar estos avances con una mezcla de entusiasmo y prudencia. Porque sí: hay cosas muy interesantes pasando en oncología. Pero todavía están verdes. Y, personalmente, creo que esa es precisamente la parte más interesante.
Está solo es mi interpretación personal de algunos avances recientes en investigación biomédica. Como siempre, una cosa es lo que parece prometedor y otra, bastante diferente, lo que termina demostrando su eficacia en pacientes.

En colaboración con Hypatia Café en su tema #PVCienciaVerde

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